La Farola de El Lago: "La faja de Amaro"

Como es habitual (creo nos pasa a todos) me siento tranquilamente, (que suele ser ya tarde, porque mientras tanto de tranquilo nada) cierro los ojos y… ¡hala! a volar la imaginación. Resulta que hoy me he reunido a tomar café con un querido amigo, juntos hemos recordado diferente etapas de nuestras vidas (a los dos nos gusta retrotraernos a otros tiempos) y nos hemos reído un rato, contando anécdotas que nos parecen de risa ahora, pero que en su momento fueron decisivas y me sirvieron para poner sello a mi forma de ser.

Yo le comentaba la época en la que, pleno de juventud y con el carácter formado, me encuentro retirado de lo que ha sido mi vida ¡el fútbol!, casado y con cuatro hijos que llegaron en un abrir y cerrar de ojos, (bueno…es una forma de hablar, porque los ojos los tenía bien abiertos). Era una época en la que, el pluriempleo predominaba en todos los sectores de la sociedad. En mi caso concreto, solo trabajaba en mi empresa de toda la vida ZINSA, aun no había tenido la suerte de formar parte de lo que hoy es la UPCT.  Es en ese momento cuando… un compañero, Eduardo Marín Alcaraz un amigo con un bagaje cultural alto, (tenía tres años de medicina), me dice…Loren, llevo una editorial de libros, y estamos abriendo ventas en Cartagena España, ¿quieres formar parte de nuestro equipo?. Servidor tenía todas las tardes libres, y necesidades familiares pues…todas las que necesita una familia amplia. Naturalmente mis aspiraciones personales iban en otra dirección, pero… me dije a mí mismo, voy a probar y si me saco unas “pelas” pues bienvenidas sean. Le contesté afirmativamente a mi amigo y…empecé mi “peculiar “aventura.

Veréis que la cosa tiene “miga” (hablo de los años 67-70), concertamos una reunión en la que me explicarían la “técnica” de ventas, yo sé positivamente que tener un libro es un tesoro, pero también sabía que en una época de muchas penurias intentar vender una colección de libros en entornos generalmente de trabajadores más bien humildes, era poco menos que imposible. La colección de libros que yo debería vender costaba 25.000 pesetas pagaderas a plazos (una fortuna), por esa fecha, un trabajador ganaría 3.000-4000 pesetas al mes. Una vez vendida, a mí darían el 25 % del coste, eso da idea de la enorme dificultad de su venta.

La técnica que me explicaron era sensacional. Veamos si soy capaz de explicarlo con la máxima ética. De una forma que ignoro, y que jamás he intentado descubrir, la editorial contaba con las fichas de los alumnos, a los que yo debía visitar para intentar venderles a las familias esa colección de libros. Con este magnífico aval de presentación, el resto era cosa del vendedor, saber trasmitir confianza sobre el producto que se oferta.

Un viernes por la tarde decido empezar mi experiencia. Me “atuso” mi moña, (entonces tenía) me pongo mi mejor traje, agarro mi cartera con un libro y las fichas, y… preparado para visitar uno de los barrios más humildes de Cartagena España. ¡Fue asombroso! llegué al primer domicilio expliqué lo que había aprendido, naturalmente, por la ficha del chico yo sabía cuáles eran sus asignaturas flojas, por ello, al ofertar la colección, dejaba entrever que estos libros ayudarían al chico a comprender mejor el “argumento” de la asignatura. Miren ustedes, (juro que, todo lo que digo es verdad)  no sé si por mis dotes de convicción, o por lar razones que sean, el caso es que esa tarde vendí cuatro enciclopedias ¡¡100.000 pesetas!! de las  cuales 25.000 eran para mí. Volví a mi casa “loco” de contento, no me había parado a pensar en nada, solo que había sabido vender unas joyas de libros, y había ganado en una tarde más que en un año trabajando.

El martes de la semana siguiente volví a salir, y vendí otras dos enciclopedias, como a mí me pagaban en el mismo momento en que la editorial recibía el pedido, el cartero no paraba de traerme giros a mi casa, aquello era “el maná”. Sin embargo, algo en mi interior bullía, yo vendía una maravilla de colección, incluso compré una que, naturalmente conservo, pero… obligaba a unos trabajadores (en su afán de ayudar a sus hijos) a pagar unas mensualidades por una joya de libros, pero… no creo que, su lectura y comprensión, pudieran hacer al chico superar las asignaturas que se le atrancaban.

Por todo ello, empecé a martirizarme pensando que yo no podía vender esos libros de esa manera. No podía dormir, y de pronto decidí que no vendía ni una más. Era mucho más fuerte mi tristeza que, la alegría por el dinero que me llegaba, y que tanta falta me hacía. Vinieron a mi casa, a visitarme los directores de la editorial desde Madrid, intentando convencerme, pero decidí que no seguía, jamás me arrepentí,

Una vez decidido a dejar ese “martirio” que me atormentaba, me propuse (como reto) vender la enciclopedia más cara que existía en el mercado Nacional ¡100.000 pts! . En mi periplo por Cartagena, ya había hablado con un señor (bastante acomodado económicamente) de este tema, pero este hombre, quería dedicar parte de ese dinero al cuidado “deportivo” de su hijo, que tenía trece años y más de noventa kilos de peso. En ese momento, servidor estaba en plena forma física, hacia muy poco que había dejado el futbol y me había tocado el amor propio. Me acordé de cuando yo entrenaba con mi amigo el grandísimo futbolista Norberto Amaro “El Chato”. Amaro, (por su propensión a engordar) entrenaba de una forma especial, con el fin de conservar el peso. Esa forma especial la había aprendido a su vez del gran Ladislao Kubala. Se trataba de que, cuando empezaba el entrenamiento diario, se colocaba un plástico alrededor del estomago, y seguidamente, se ponía como faja una cámara de camión “Pegaso” cortada a la medida. Cuando acababa el entrenamiento era un espectáculo ver como Amaro se subía a la báscula y  perdía peso, nosotros le llamábamos LA FAJA DE AMARO. Naturalmente, esto iba precedido de una alimentación especial.

Hablé con el señor y le propuse ir varios días a su casa, (tenía un patio precioso) enseñarle el método a su hijo, y si esto le convencía, me compraría la enciclopedia. Contestó afirmativamente. Más alegre que unas castañuelas, pensando ganar un buenísimo dinero, y de paso hacer del chaval un buen deportista, me puse manos a la obra.

Recorrí varios desguaces, hasta encontrar la cámara apropiada y el plástico, hablé con un especialista en alimentación, para ese caso concreto, y siguiendo sus indicaciones, y mis conocimiento gimnásticos, empezamos  las sesiones que duraban hasta dos horas. Fui varios días hasta convencer a toda la familia de lo bueno que era el deporte para el chico, nos hicimos amigos y al final… ¡me compró la enciclopedia!.

Me sentí bien, había logrado dejar algo que no iba con mi carácter, pero al propio tiempo me había demostrado a mi mismo que era capaz de lograr muchas de las cosas que me propusiera. Rápidamente me llamaron de la Escuela de Ingenieros Industriales, y empecé lo que afortunadamente sigue siendo mi vida y mi pasión. La determinación analítica de los metales. Hasta siempre mis queridos amigos.

 

P.D. Le dedico esta “Farola a mi sobrina Pilar Juárez Pérez. Grandísima seguidora de esta modesta columna, esperando sea de  tu agrado, y la guardes como recuerdo. Un abrazo de tu tío Loren