La Farola del Lago: 'El Machicha' y algo más

Sí señores, “El Machicha” nada más, ni nada menos que, RAMÓN ARANGO SEGURA, el hermano que nunca tuve, la alegría de la huerta, pedazo de futbolista, nieto de artista, hijo de artista, hermano de artista y, él, que era un Artista en toda la extensión de la palabra. Este es un artículo que me sale del alma, lo he ido posponiendo, pero siempre con la idea fija de escribirlo, para que, las nuevas generaciones, y por supuesto las antiguas, guarden un buen recuerdo de esta singular persona, capaz de atraer, (por su simpatía arrolladora) a todo el que tuviera la suerte de contarse entre sus amigos o conocidos. La saga de los Arango en Cartagena es fantástica.

Si se remonta uno a su abuelo, Ramón Arango “Aranguito” resulta que era un torero de “postín” llenando plazas, y gozando de una gran popularidad, en una época donde los toros eran “todo” en España, siendo muy de destacar, su aportación artística, para paliar los destrozos ocasionados en Cartagena, con motivo de la terrible inundación del 29 de Septiembre de 1919.

Su padre, José Arango Hernández (al que llegué a conocer siendo yo muy niño) era un súper-hombre, el recuerdo que guardo de él es fenomenal, llegué a verle actuar en la Plaza de toros, con las Bandas de Músicos Cómicos Taurino, de “El Empastre” y “Los Cartagos”. José Arango era la atracción principal, pues hacía el salto de la Garrocha (es decir saltaba con una pértiga por encima del toro) también, fue futbolista de cierto renombre en el fútbol Cartagenero. Y de su hermano, Perico Arango Segura (el dos de Oros) ¿qué puedo decir? Pues… que ha sido mi ídolo como futbolista, y tuve el gusto de dedicarle un artículo en mi columna, “La Farola del Lago”. Hecha esta introducción (no podía ser menos) de sus antecedentes ancestrales. Voy de lleno con mi Ramonico ¡Qué recuerdos más buenos vienen a mi mente! Nos conocíamos de toda la vida. Desde críos jugábamos juntos, era… casi mi hermanico. Él, de la calle San Crispín, y yo de la del Alto, con la Lagueneta de por medio. Ya de mozalbetes, cada domingo nos intercambiábamos la ropa, y así parecía que íbamos de estreno ¡qué tiempos! Lo veis, ya empiezo a rememorar y me voy del guión, “cachendié”. Como digo antes era un placer estar al lado de Ramón, tenía salero para todo. Como futbolista era un vendaval, se metía al público en el bolsillo en cada actuación.

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Ramón Arango con Loren, el hijo del autor de este artículo.

Era un jugador tipo Puyol, todo fibra, como decía el decano de la prensa local, Guillermo Jiménez, perseguía al jugador que le correspondía marcar hasta el baño, si era necesario. Era el jugador que todos los entrenadores querían tener. Casi toda nuestra vida futbolística la hicimos juntos, desde juveniles hasta muy mayores. Teníamos una táctica, si él fichaba primero con un equipo, decía que tenía un extremo muy bueno (que era yo) para que me ficharan, y si era al contrario, pues igual, yo hablaba de que conocía al mejor defensa de Cartagena.

Tanto influyó Ramón Arango en mi vida que, hasta fue el “culpable” de que yo conociera a la que hoy es mi esposa. Sucedió un domingo, después de un partido de grato recuerdo para mí, ese día jugaban en el Llano del Beal, la Deportiva Minera (en ese equipo jugábamos los dos) contra el Deportivo Unionense. El estadio Ángel Celdrán estaba a rebosar, 900 espectadores. El presidente de la Minera, Marcos Meroño, nos había ofrecido una prima de 800 pesetas de la época, a cada uno, si ganábamos… ¡eso era un pastón! Ganamos tres a cero y sin falsa modestia los tres goles los “clavé” yo. Más contentos que unas pascuas, Ramón, me propuso que nos fuéramos a las fiestas de San Antón, (con el dinero fresquico) y allí, paseando y tonteando, conocí a la que hoy es mi mujer. Voy a tratar de relatar brevemente algunos hechos puntuales, que puedan servir de ejemplo para que, mis lectores se hagan una idea del carácter alegre y divertido de mi gran amigo.

En cierta ocasión fuimos a Madrid a ver una final de Copa entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid. La noche anterior decidimos cinco compañeros (Arango, Popi Raja, Carlos Terol, Munuera y servidor) irnos de “marcha” al Club nocturno “Conga” uno de los más famosos de la época, cuando íbamos a entrar, nos dice el portero que no podíamos hacerlo, porque Carlos Terol no llevaba chaqueta. Se nos vino el mundo encima ¿Dónde íbamos a la una de la mañana? Rápidamente la imaginación de Arango se puso a trabajar y nos dijo… darme un duro cada uno de vosotros (5 pesetas de la época “palque” no lo sepa) nosotros se lo dimos sin saber qué es lo que se le había ocurrido. Inmediatamente se puso a dar palmas llamando al sereno. Ahí que llegó el buen hombre, con su guardapolvo y el manojo de llaves, a preguntarnos qué era lo queríamos, y sale “el Arango” y le dice… mire usted, maestro, resulta que queremos entrar al “Conga” si nos deja usted su chaqueta, para que se la ponga mi amigo, le damos cinco duros… y nos respondió el sereno que, por cinco duros, nos dejaba hasta los calzoncillos. Y así fue como, gracias a Ramonico pasamos una noche inolvidable.

La siguiente anécdota, la cuento para que, mis lectores observen, como un hombre como Ramón, rebosante de alegría, puede sensibilizarse por un hecho puntual, que comento a continuación. Jugábamos Arango, Raja y yo, con el Cehegín F.C. Teníamos que desplazarnos desde Cartagena a Madrigueras, íbamos en un taxi de Mariano López Maestre, el del mesón del bocadillo ¿os acordáis? Y al llegar a La Gineta (íbamos con la hora justa), Mariano tomó un atajo y nos perdimos. Eran todo caminos de tierra, de pronto un perro pastor, se abalanzó sobre el coche y cayó fulminado. El pastor rompió a llorar inconsolablemente, El hecho nos impresionó a todos pero… para Ramón fue tal la tristeza, que no pudo jugar el partido, y no paró de llorar hasta llegar a Cartagena. Gracias a su carácter, extrovertido y optimista, ha podido sobrellevar los últimos y terrible años de su vida.

Sí, fueron terribles. Porque… por la maldita diabetes, hubo que amputarle una pierna, algo que su cerebro jamás asimiló. Siempre tenía la sensación de que la pierna estaba en su sitio pues le “picaba” constantemente. Ya en los últimos días de su vida (estaba en el hospital Cruz Roja) y con otra terrible enfermedad, yo iba a visitarle constantemente y pese a estar en un estado muy deteriorado, todavía tenía ánimo, para contarle anécdotas divertidas a su vecino de cama. ¡Increíble Ramón! Este artículo, lo voy a firmar con unas lágrimas que me salen del alma. Estando terminándolo, he recibido una llamada de Manuel (hijo de Manolín) anunciándome su fallecimiento. ¡Figúrense mi tristeza! Mis dos queridos amigos ya no están entre nosotros.

En mi anterior artículo, hablaba yo, de una broma que le gastamos Manolín, Arango y servidor a Juan el “burro”. La ley de la vida hace que las generaciones se vayan sucediendo. De ese cuarteto, que tan buenos ratos hemos pasado juntos, y que nos hemos reído hasta de nosotros mismos, solo quedo yo. Espero, que la vida todavía me depare unos años, pues me veo con fuerzas, de seguir ayudando y queriendo a mi familia, y de continuar saludando a mis queridos amigos. Un abrazo a todos.

P.D. Este artículo se lo quiero dedicar a Lola Arango Segura. Nieta, hija y hermana de esta sensacional familia. Ella, ha aportado su cariño, su trabajo y sus cuidados a su hermano Ramón. Y le recuerdo que cuando éramos niños, íbamos a su casa, y con la excusa de su hermano, la veíamos a ella, que era de una belleza extraordinaria. Un abrazo Lola.