La Farola de El Lago: "¡La mili!"

 

Fue releyendo unas revistas antiguas, las cogí al azar, y dio la  casualidad de que, entre ellas apareció  la revista satírica “El Jueves”,  naturalmente me puse a ojearla, y al llegar a las viñetas de los celebres “Cómic” creados por el historietista Ivá (Ramón Tosas Fuentes), no pude por menos que sonreírme, admirado  por el sentido del humor que derrochaba este escritor. Conforme iba leyendo sus “Historias de la puta mili”, acudían a mi mente pasajes vividos en primera persona, cuando me incorporé al Servicio Militar, y fue en ese  momento cuando decidí contarlo en mi “Farola del Lago”.

En un principio, pensé que el título del artículo sería el mismo que el de la propia revista, es decir  “Historias de la Puta Mili”, con el fin de hacer más atrayente el titulo a ojos del lector, pero lo he descartado, porque este título no es coherente con mi forma de pensar. Y no lo es, no por timorato, ni por excesivo patriotismo. Simplemente hice la mili porque quise, pude librarme, pero no entraba en mis pensamientos de esa época de mi vida. Es cierto (no quiero colgarme medallas), que yo sabía que al ser futbolista iba a estar enchufado hasta las pestañas, y que, el Servicio Militar no me privaría de hacer lo que más me gustaba en  esa época ¡jugar al fútbol!. En esas fechas,  todos los futbolistas que ingresaban en el servicio militar, de una u otra forma, entraban a formar parte de los equipos de fútbol de la Región. Eso unido a mi interés personal en conocer un mundo en el que me he criado, (pero que no conocía desde dentro), fue el estimulo que encontré para adentrarme (con miedo) en un mundo nuevo, con carencias de caprichos, y acatando disciplinas. El premio que iba a obtener era pequeño, conocer chavales jóvenes de todas partes de España, hacer amistades (que hoy perduran) y dedicar apenas un año en realizar casi un Servicio Social. Por esos años, (hoy tampoco) por mi cabeza no pasaba ni un atisbo de “belicismo”. He dicho Servicio Social, y así fue, porque… enseñamos a leer y escribir, al cuarenta por ciento de los chavales que ingresaban desde los pueblos del interior de España, con un índice de analfabetismo enorme, y a otras muchas cosas que, durante los tres meses de campamento pudimos desarrollar.

Pero… todo esto que estoy escribiendo, va unido a una serie de anécdotas que la propia “mili” lleva intrínseca, y que voy a relataros algunas de ellas. Pese a mi “veteranía”, desfilando, desde niño delante de los soldados del Regimiento Infantería Sevilla nº 40, (hoy UPCT) en la explanada de la plaza toros. Cuando entré un sábado (junto con cientos de “pipis”) incluso sabiendo que al otro día (después de misa) pasaría a recogerme a la puerta del cuartel de Los Dolores, el Aautobús de la Deportiva Minera, (que era el equipo en el que yo jugaba en esa fecha) para llevarme a Albacete a jugar nuestro partido. Yo, (como todos) estaba “cagao”. ¿Qué pasaría cuando llegara al cuartel cargado con mi “saco petate?. ¿Qué nos harían los veteranos, de quienes tantas maldades nos habían hablado?. Todo eso, bullía en mi mente cuando llegamos asustados al Cuartel de Los Dolores.

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Loren nos escribe de su 'mili' y otras cosas del fútbol.

De siempre había oído decir que, cuando se llega a la mili, los “güevos” se  cuelgan en la entrada del cuartel, y se olvida uno de ellos. Y en efecto así fue. Llegamos al cuartel a las once de la noche. Allí nos esperaban los veteranos (preparados para “quedarse con nosotros”) y los cabos primeros y segundos, (que eran los verdaderos dueños del campamento). Íbamos de paisano, y con los sacos petates “colgaos”. ¡Rápido! ¡Rápido! Nos gritaban con voz enérgica. ¡¡A cubrirse!! Corriendo y tropezando, unos con otros (la mayoría no sabía ni lo que era eso), por fin, nos dimos cuenta que, “eso” era ponerse en filas, con el brazo extendido hasta tocar el  hombro del anterior. Nos fueron nombrando, y dándonos el nombre de nuestro “batallón”, y el número de litera. Nos dijeron que, a las ocho en punto teníamos que estar equipados con el “mono” de campamento y las botas, que todo iba en el saco de petate, qué ropa de paseo no había, pues tardarían uno diez días en dárnosla, y que por esta razón, durante ese tiempo no podríamos salir a la calle.

El mundo se me venía encima, eso no era lo que me habían dicho, yo tenía que irme a jugar a Albacete con la Minera. De pronto, se me acercó un cabo primera (Bibiano se llama, llegó a Coronel) me conocía porque era de Pozo Estrecho, y yo había jugado con ellos una temporada. ¡Qué alegría me dio verlo!, era como si hubiera visto al Señor, La Virgen y todos los Santos. Me dijo que, a las nueve (una vez terminada la misa) saliera (vestido de paisano por la pareta de las cochineras), sin que se enterara el capitán. La razón de ese sigilo era que, no teníamos ropa de paseo, y el Capitán Ariza, había dado la orden de que, nadie saliera del cuartel sin vestir el uniforme militar. Se me amontonaban los problemas.

Bueno… ahora viene lo “gordo” llegamos a la Batería (más de las doce de la noche) nos colocamos cada uno en nuestra litera, y abrimos el saco petate “pa” sacar la ropa y las botas ¡ay las botas!. El “mono”, más que un mono parecía un gorila, me sobraba la mitad. Las camisas igual, se podían meter cuatro como yo en cada una de ellas. Servidor que entonces era un “pijica”, y me vestía en Larvi, viéndome de aquella guisa, ¡madre mía que desastre! pero faltaba lo peor ¡¡Las botas!!, eran del número cuarenta, el mío, pero… eran las dos del mismo pie, ¡Que disgusto! casi lloro ¿Qué hacer? a las ocho tenía que estar equipado en el patio. Mi mente no paraba de dar vueltas, y mirar a unos y a otros, para ver a quien le podía colocar el “marrón”. De pronto miré para la tercera litera de arriba, y vi a un chaval con pinta de “inocente”, al que yo conocía de vender churros en la plaza de San Ginés, se llamaba (o se llama) Paco Albalach. Le grité, Paaaacooo que número de botas “tandao”, el cuarenta y tres, y es muy grande porque yo gasto el cuarenta. Vi el cielo abierto, a mi el número me daba igual, lo que yo quería es que fueran del mismo pie. Toma (le grité) pruébate esta, y le lancé una de ellas. Me está chachi (me contesta). Échame las tuyas (le dije). Guárdala, (le dije) me pruebo las tuyas y te echo la otra. Intentaba hacer tiempo para que no se enterar del “embolado”.

Al otro día, cuando estábamos en la fila, para irnos a misa a Los Dolores, yo no quería ni mirarlo. Echamos a andar y dice el capitán ¿Quién es ese, que parece un pato andando?. Bueno…con las “chanzas” lógicas de todos aquello se solucionó y les garantizo que, compensé con creces a Paco de esa “putada”. le enseñé a hacer la instrucción, y le enseñé a leer escribir, y protegí su inocencia mientras que estuvo al lada mío. Otro momento fantástico fue que, estando yo sin un duro, llegó mi querido Carlos Terol, (recientemente fallecido. Recuerdos para su esposa Yoyi) y me trajo el sueldo mensual de la Deportiva Minera (cuatrocientas pesetas) y me creía el más rico del campamento.

En fin amigos, me falta papel o me sobran palabras. Ya veis hice la “mili” y no tengo mal recuerdo. Volví a mi profesión, y además nunca dejé de jugar al futbol Tengo amigos que perduran, en sitios tan dispares de España, como Calella (José Maria Surroca Marés) como Don Benito (Juan Blanco Conesa). A ellos, desde este modesto artículo, les mando un abrazo. Cuando lo lean… seguro que esbozarán una sonrisa, y dejarán volar sus pensamientos. Han pasado los años y nos seguimos escribiendo y acordándonos de unos meses de nuestra juventud, que pasamos juntos. Un abrazo a todos mis lectores y…hasta siempre. La fotografía que acompaña el artículo, es muy importante, pues se ven los soldados en la explanada de la plaza de toros, y detrás de ellos, al fondo a la derecha, la terraza de mi casa, en la que fui tan feliz.