ADIÓS CON EL CORAZÓN

Guillermo Jiménez se despide de Sportcartagena

Se llamaba Juan Pablo y se seguirá llamando. En junio de 2009, cuando nació por casualidad Sportcartagena, y no fue al rebufo del ascenso del Efesé el 24 de mayo del mismo año como algunos han podido decir, el tal señor Director de Operaciones, Marketing y Ventas en Cibeles Group 2006-2010, más Director de marketing y ventas del servicio integral de telecomunicaciones digitales Editmaker, implantado en decenas de periódicos y medios de comunicación España y otros países, Director de implantación de más de 100 plataformas de medios digitales en 74 empresas durante cinco años, corto/pego literalmente, se reunía con los socios del proyecto de este diario digital que tenéis a la vista. Era en el restaurante Sacromonte, de La Vaguada. Con el señor Juan Pablo Mateos nos zampamos entre los cuatro un arroz pachuparse los deos, que diría mi  amigo Lorenzo Vergara ‘Loren’,  el autor de la Farola del Lago.

En el curso de esa comida en un reservado del local. el ejecutivo de la empresa Cibeles nos daba a Manuel Ángel Balaguer, director de SCT, hoy desde hace meses en baja médica tras dos procesos tremendos de salud, de los que se recupera por fortuna, digo que el señor Juan Pablo (como el goleador mítico de El Collao, casualidad) nos daba una lección con sus comentarios en la sobremesa de aquel almuerzo sin fumadores, qué delicia.. Él , Juan Pablo, conocía mejor que nadie que Sportcartagena era un boom nacional, y no exagero, desde que lo parimos los tres socios sin necesidad de cesárea. Y me quedé con esta frase del sabio: “Pero, ojo, amigos, que también se puede morir de éxito”.

Yo no voy a escribir aquí de sepelios, porque nadie se muere en esta despedida voluntaria de servidor; repito: nadie se va al muy poblado ‘otro barrio’ ,más los que se tienen que morir y del trance no se escapa nadie. Pero me quedé con la copla y me pregunté ingenuo. Pero, ¿cómo se puede morir de éxito? Pues sí.

En los últimos tiempos he comprobado, y comencé a apuntarlo en “Se acabó el Circo”, mi anterior artículo, que en la vida hay que tomar decisiones y hacerlo en conciencia. Y hoy, aquí y ahora me estoy despidiendo de este querido digital, de mis socios en el barco y de los lectores. Doy por clausurado un capítulo de once años de mi vida de periodista, y lo hago buscando la Arcadia prometida, de la mitología griega. En busca de una ilocalizable y quimérica felicidad al cien por cien. Yo firmaría disfrutar el 22% por poner algo en este artículo.

Pero tengo que confesar, al intentar este adiós lo más breve posible, que nunca antes de escribir lo que estáis leyendo he buscado el aplomo de un capuchino nescafé descafeinado, el último que quedaba en el estuche en el armario de cocina. Los  malos deportistas, los tramposos, se dopan; yo me he querido serenar con ese capuchino que para mí ha sido excepcional.

Y nada, que como todo lo que empieza termina, quedo agradecido a todo el mundo. Paso a ser juzgado por quienes quieran juzgarme. Una vez, de niño, cuando los niños llevaban pantalones bombachos, quise ser juez. Otros nenes quieren ser torero o futbolista plan Ladislao Kubala en aquella época. Pronto desterré la idea de la judicatura  porque sabía que no iba a servir. Pero en mi trayectoria sí me ha quedado esa impronta de ser justo en mis críticas. Pobre diablo de mí, que no lo he conseguido…

Muchas gracias. Y no os creáis que huyo. Dejo todo este mundo del periodismo con el mejor talante, que diría quien lo dijo, y de manera voluntaria y con lealtad a mis convicciones.