La Farola de El Lago. ¡El tiempo no lo borra todo!

Ni mucho menos, el tiempo no lo borra todo. Porque los recuerdos de las personas y de los sucesos que nos han ocurrido, y que han dejado huella están ahí perennes, y en cualquier momento afloran desde un rincón de tu cerebro. Hoy me siento bastante nostálgico, y no sabría muy bien decir porque, es cierto que acaba de celebrarse el sorteo de emparejamiento para el Play Off de ascenso a la segunda división A,  y a nuestro querido F.C. Cartagena España le ha tocado el Real Madrid Castilla, ¡qué más da! alguno tenía que tocarnos, pero estoy seguro de que el Cartagena es el mejor de todos, y esta vez la suerte no nos abandonará.

Pero… la razón de mi nostalgia, es que al pasar por la calle del Alto, han pasado por mi mente cosas de mi niñez, y las debo referir, ya que tengo mi columna en Sportcartagena  de mi “Farola del Lago”, y creo que es bueno recordar cosas que están ahí en la historia, tanto escrita como en nuestro pensamiento. Veréis, en esa calle, allá por el  46, yo era un crío muy pequeño pero estaba rodeado de amigos, de niños que en esos momentos no teníamos otra ilusión que jugar a la pelota, al chinchemonete o a lo que fuera, pero…siempre jugando, sin otra preocupación. Servidor, no lo sé muy bien porque, será quizá por genética, me gusta ser amigo de mis amigos, y guardar de todos ellos lo mejor, en esta ocasión, lo que voy a referir es un suceso triste, muy triste pero real, y que dejó en mi persona una profunda huella.

Submarino farola mejor (1)

En esa época Cartagena estaba llena de marinos, en mi calle, la del Alto había muchos de ellos viviendo y hospedados. En el numero tres de esa calle, vivía un chavalín de mi edad, al que llamábamos “Pepiño”  era gallego del Ferrol del Caudillo que se decía entonces (casi por obligación), a su padre lo habían destinado a Cartagena España, como a tantos otros, y el hombre se trasladó aquí con su familia. Este chico (Pepiño) y servidor nos hicimos inseparables, a los dos nos entusiasmaba el futbol,  su madre me quería mucho, y casi todas las tardes merendábamos en su casa, yo me apuntaba a un bombardeo, y la madre nos preparaba medio pan con chocolate que a mí me iba de maravilla. Siempre estábamos hablando de fútbol, él era un forofo de su Racing Club de Ferrol, se sabía los nombres de los jugadores de memoria, y me los refería una y otra vez, de tal forma que a mí se me quedaron impresos para toda la vida, recuerdo a los Fontela, Sobrino, Porta, Caeiro, Fabeiro, Malet,  Munuaaga… me los repetía una y otra vez. Claro que yo no le andaba a la zaga y a mi vez le recitaba de carrerilla nuestro equipo de entonces, que era González Nino y Valencianés, Fiestas, Junco (su hijo era de nuestra peña) y Lara y en la delantera Garcés, Loren, García, Galvis y Polo, así que éramos tal para cual.

Los dos (los tres,  porque estaba el hijo del futbolista Junco) íbamos al colegio de la Misericordia con Sor Emilia, y éramos casi inseparables, era la época que empezábamos a confesarnos con  Don Pedro Pérez, que era el cura de San Diego, me acuerdo de mi primera confesión, que me acerco al confesonario “asustao perdío” y el cura como en un susurro me pregunta  ¿qué pecados tienes hijo?, y yo con más miedo que vergüenza, le digo “pos mirusté”  que he “desobesio” a mi agüela” y…¿ cómo ha sido eso hijo?, me dijo el cura. “pos mirusté” que estaba jugando al fútbol y no he “querío” ir, y mi agüela “mareñio”,  bueno hijo rézate dos padres nuestros, y estás libre de pecado, y ya está así de simple y de fácil era la vida de un niño. 

Un día…un desgraciado día,  (era finales del mes de junio de 1946 ) salimos a jugar como de costumbre, y no estaba “Pepiño”. El día veintisiete de junio de ese año, el padre de Pepiño que formaba parte de la dotación del Submarino C-4 había desaparecido bajo las aguas, cerca de Sóller (Mallorca) ocurrió un desgraciado y horrible accidente, en el que durante unas prácticas militares el submarino C-4 (construido en Cartagena España) emergió y por causas desconocidas chocó contra el destructor “Lepanto” y se partió en dos, muriendo los 44 tripulantes, entre los que estaba el padre de mi querido amigo Pepiño. Aquella tragedia en la que murieron muchos cartageneros jamás la podré olvidar y siempre estará en mi memoria.

Perdonar queridos amigos, que traiga hasta mi farola este triste acontecimiento, pero al fin y al cabo forma parte de los sucesos de nuestra querida ciudad, y creo que es bueno no olvidar ni a los amigos, ni a los seres que tanto queremos. Jamás volví a saber nada de mi amigo Pepiño, se fueron de Cartagena y con él, un trazo de mi niñez.

Y…como la vida sigue pues aquí estamos, esperando que nuestro equipo nos de la enorme alegría del ascenso a segunda A, ¿será posible esta vez? ¿y porqué no? si suben cuatro y tenemos un equipazo pues seremos nosotros uno de ellos. ¡Vamos Cartagena!  ¡Vamos campeón!.