La Farola del Lago. Y.. ¿por qué no contarlo...?

A solas con mis pensamientos que llevo y llevaré, (espero tener esa suerte)  hasta el último segundo de mi vida. Me pregunto ¿por qué no contar algunos de ellos?. Si tengo la suerte de tener esta columna, de mi “Farola del Lago”.  ¿Por qué no transmitir a las nuevas generaciones  algunos lances de mi vida?. Si después de pensarlo mucho lo hago, es para que sirva de aviso, y para que no se vuelvan a repetir las causas que ocasionaron los sucesos que narraré. Pero… sobre todo porque necesito contarle al mundo que mi madre existió, y la quise y la quiero con toda mi alma, y me gustaría que este artículo sirviera de homenaje a todas las madres de los deportistas de mi generación.

Ahora que, la temporada futbolística ha terminado, con ese regusto tan amargo de esos últimos segundos finales, (en Majadahonda) de nuestro querido F.C. Cartagena, que truncó una temporada triunfal, y la convirtió en un final triste. Hay una cosa que es innegable, y en la que yo me apoyo, pasa seguir siendo optimista. No es poco lo que se ha conseguido esta temporada. Se han saldado deudas eternas, Se han establecido unas bases sólidas para un futuro muy esperanzador. Solo queda apelar a que la suerte y el destino no sean crueles con nuestro equipo. Por otro lado, también ha pasado (para España) el Mundial de Rusia, con la absurda, aburrida e inoperante actuación nuestra Selección Española, que naturalmente ya está en casa.

Cubierto mi cupo deportivo en mi columna, permitirme que, retome el hilo narrativo del principio del artículo. ¡Va a ser duro! ¡Pero real!. Sé, que debo contar unos hechos tremendos, ocurridos en mi vida, y que (estoy convencido) por la época en la que transcurrieron, (la durísima postguerra) que, algunas personas  se verán reflejadas en ellos.

Mi memoria está llena, “repleta” y debéis permitirme que descargue en vosotros (mis lectores) unos pensamientos que…no diré que me atormentan, (porque el paso del tiempo es inexorable, y va curando heridas) pero si digo que, aunque se han ido suavizando, ni un solo momento de mi vida me han abandonado. La terrible e incivil guerra española entre hermanos, dejó en mi casa unas secuelas enormes. Mi padre, militar de carrera, degradado y perdido, mi abuelo (43 años) y mi tío (20 años) fallecidos a causa de ella. Mi memoría, empieza a ver luz en una casa donde… mi abuela ha cogido el timón, e impone cordura, y no volver la vista atrás, y tragarse los rencores para que no se nos nuble la vida. Hijo único, con una madre adorable que me cuidaba y me rodeaba de cariño. Cuando cumplo cinco años, me doy cuenta de que algo muy grave ocurre en mi entorno. ¡Mi madre! mi querida madre, ha caído enferma de la terrible lacra de la postguerra, ¡la tuberculosis! con solo 26 años y esplendida de belleza y ternura.

1531215704028_Mi madre y yo

El autor de este artículo, Loren, con 4 años de edad, con su madre .

La veo (la estoy viendo ahora mismo) dándome unos besos, y limpiándome la mejilla con alcohol, para no contagiarme…debo seguir contándolo, me cuesta mucho, pero es necesario que lo haga, me lo he impuesto. Me asomo al balcón, y la veo echándome un beso con la mano, despidiéndose de mí, camino del Sanatorio Anti-tubercoloso de Sierra Espuña. Lo que escribo, es tal como lo refleja mi mente.  Me quedo solo sin padres, pero rodeado del cariño de mis tíos y de mi abuela. Pero no es verdad, mi madre desde el Sanatorio velaba por mí, nos escribíamos todas las semanas, yo con cinco años garabateaba lo que me dictaba mi abuela, y ella me leía las cartas de mi madre, para que ni una sola semana (ni un solo día) me olvidara de ella. Y fue pasando el tiempo, mi madre no podía curarse, (era imposible, con una caverna en cada pulmón) pero no perdíamos la esperanza. Nosotros íbamos a verla, (tardábamos día y medio en llegar) en aquellos tiempos ir a Sierra Espuña era como ir al fin del mundo. Había que coger “El Totanero” que, a paso de tortuga, y parando en cada pueblo, tardaba un mundo en llegar a Alhama. Allí, había que hacer noche, y esperar al otro día, para coger un vetusto cochecillo que le llamaban el “Tiburón”, que nos llevaría al Sanatorio. ¡Qué recuerdos! con que orgullo mi madre me presentaba a todos sus compañeras. El Sanatorio era muy bonito, en un lugar precioso, rodeado de pinos que ayudaban a que la respiración de las (los) pobres enfermos respiraran mejor. El Director del hospital era el Doctor D. José Tapia, en quien mi madre tenía depositada toda su fe, pensando que la podría curar.

Espaciadamente, (siempre que no tuviera contagio) mi madre venía de permiso a Cartagena. Servidor (que ya había ido creciendo) presumía de madre, con mis queridos e inolvidables amigos, mi Carlicos Terol, Ramonico Arango, Manolín, Nito, Sornichero… a todos se la presentaba. Eran tantas las ganas que teníamos de estar juntos que nos contábamos todas nuestras aventuras. Yo soñaba con conseguir algo en la vida, sobre todo en el futbol, (ya empezaba a ganar unas pesetas jugando) el Doctor Tapia me había dicho que, para que mi madre viniera a Cartagena, tendría que ser en una casa fuera de la ciudad, (por los humos) y con comodidades. Un día en uno de sus permisos, (catorce años estuvo en el Sanatorio) mi madre me dijo algo que me dejó muy pensativo y triste.  En tantos años de hospital, las amistades se consolidan, y se llegan a crear lazos de hermanos, y mi madre muy triste me dijo que se había muerto una querida compañera, y que, la había puesto más triste aún por que la habían llevado al depósito de cadáveres, hasta que viniera su familia a recogerla. Lo del depósito la entristecía mucho.

Volvió mi madre al Hospital (ella tenía cuarenta y dos años, yo diecinueve). Un día terrible, un veintisiete de diciembre, recibimos un aviso de conferencia desde el Sanatorio, y nos citan para que hablemos a las ocho de la noche. Acudimos uno de mis tíos y yo. Servidor temblaba, temiéndome una noticia horrible, y así fue, la monja, Sor Pía, nos comunicó la terrible y dolorosa noticia. ¡Mi madre había muerto! Fue terrible, mi tío salió, disparado en busca del chofer del Director de las Obras del Puerto, para que nos llevara a por mi madre. Yo deambulando llorando por la calle, pensando cómo llegar a mi casa, y decírselo a mí pobre mamá Concha. Pero sobre todo, quería llegar enseguida al Hospital a recoger a mi madre, para que no la llevaran al depósito. Fue un viaje terrible lloviendo y tronando, todos llorando en el coche, en una de las curvas del monte estuvimos a punto de despeñarnos. Llegamos a las doce de la noche, el médico (era nuevo) nos atendió, nos explicó como había sido, y nos dio la llave del ¡depósito! para que la recogiéramos. Jamás en mi vida podré olvidar la escena de abrir el depósito y abrazar a mi madre que estaba en la fría losa. Ahora mismo estoy llorando, pero quiero terminar este artículo.

Quiero que el mundo sepa que mi madre existió, que la adoraba y que jamás la olvidaré, Y quiero que, este artículo sirva de homenaje para las madres de esa época que tanto sufrieron. Y  también quiero que sepan que, todo fue ocasionado por una estúpida guerra que, dividió familias, creo odio y enterró a millones de seres queridos. El viaje de vuelta a casa, fue…como todo, trágico, nos la trajimos bajo nuestra responsabilidad, sin permiso oficial, escondiéndonos de la guardia civil. Yo iba abrazado a ella para que, en caso de que nos pararan decir que iba durmiendo. Por fin llegamos a casa. Mi madre descansa, y yo… sigo abrazado a ella.

Perdonar queridos lectores la emotividad de este articulo, quería hacerlo, (pero me daba mucho miedo y respeto) ya está escrito, y ahora, espero que entiendan los lectores de mi anterior articulo “La Puerta”, porqué dije que no se tuviera en cuenta la emotividad, a la hora de dar el nombre a una puerta del Cartagonova, y es porque… rara será la familia que, no tiene o ha tenido, algún drama en su seno. Un abrazo a todos.