Mi procesión al Cartagonova, y ¡cuánto la echo de menos!

Aprendamos a valorar los pequeños detalles que nos rodean y seremos más felices.

 Osado yo, en momentos tan inusuales y a veces hasta dramáticos en los que nos encontramos, a juntar unas líneas intentando dar reconocimiento a esos detalles, unas veces inadvertidos otras veces despreciados, pero que  añoro tanto que me parece haber pasado una eternidad.

¿Quién no ha mirado las agujas del reloj un domingo por la tarde, al menos cien veces a la hora de la comida –así le decimos al almuerzo en esta bendita tierra nuestra–, para contar las horas que nos separan del inicio del partido en nuestro querido y a veces odiado Cartagonova? Nosotros vamos a  ver a nuestro Efesé, el rival es lo de menos.

Vivo a escasos metros del Estadio Municipal Cartagonova, y para mí es una auténtica Procesión  acercarme a las instalaciones deportivas de la Rambla de Benipila. Les explico el porqué.

Ya desde aproximadamente cuarenta y cinco minutos antes del inicio del partido y cuando apenas abro la puerta de entrada del edificio, mi vecino Tomasico, esperándome en ella, me pregunta... “¿vamos a ganar esta tarde?” y yo, como siempre, le contesto... “hoy ganamos por goleada”. Él, al escucharme se queda tranquilo y vuelve a su casa a esperar a que se haga mi hora de vuelta.

Unos pocos metros más adelante, como si de una Legión Romana o una tropa Cartaginesa se tratase, a paso marcial, se aproximan al estadio por la cuesta del puente del Cartagonova cientos de aficionados con el único objetivo de llegar al recinto donde se va a “fraguar la batalla”.

Me adentro entre la multitud y se oye una voz que me pregunta: “¿vamos a ganar esta tarde?”.

Todo ello sin detenernos como si nos fuera la vida en ello.

Al bajar el puente, y justo cuando empiezo a girar a la derecha, me encuentro como si de otro ritual se tratase, a miembros de la familia Caparrós, repartiendo mano en mano, la centenaria Revista Cartagonova. Los saludo, recojo mi ejemplar y avanzo hasta tropezarme con unas chicas muy “vistosas” ofreciéndome invitaciones para un local donde “se compra el amor”.

Gente, más gente, saludos, más saludos... Y llego hasta la zona de taquillas en donde el señor del carrito de las pipas me dice en voz alta y en tono musical... “pipas, dos bolsicas por un euro”. Saco mi moneda, recojo las dos bolsas y las guardo en mi chaqueta ya que llevo una mano ocupada con la Gaceta y con la invitación de las “señoritas vistosas”. Cinco metros más adelante, y al pasar próximo a la cola que se forma delante de las taquillas, siempre alguien, que habitualmente es el mismo, me interpela diciéndome: “¿tienes alguna entrada para darme?”. Le regalo una sonrisa y me encojo de hombros en señal de negación. Mi paseo hasta las inmediaciones de la cafetería de Isi me resulta de lo más reconfortante. Allí empezamos reuniones que comienzan con dos componentes y en breves momentos parece una “manifestación subversiva” en la que todos los “ilustrados e inventores del fútbol” dan su cátedra y las directrices para ganar el partido, hasta que un impaciente que tiene ganas de irse dice la frase maestra... “se nos hace tarde y no llegamos”. En ese momento y casi sin despedirnos, nos disolvemos como sal en agua, no sin antes saludar al gran Papu, el cual espeta su eterno reproche al mundo que le ha tocado vivir –y no le faltan razones–.

Sin duda, el peor momento de “esta procesión” es el de subir la rampa de acceso a la puerta 22, donde nos amontonamos como ovejitas los aficionados, queriendo entrar todos al mismo tiempo y donde volvemos a mirar la hora otras cien veces, rezando para que no se nos haga tarde. En ese momento, uno que quiere “tocarnos las narices” suelta por la boca... “empieza el partido y no entramos”, incrementando el nerviosismo de los allí presentes. Por fin, el paciente portero, revisa mi carné de abonado y logro entrar en nuestra “catedral”. Mi corazón comienza a latir más rápido al asomarme por el vomitorio de acceso y escuchar el rugir del público, saludo a mis hermanos californios Pencho y Coco sentados a la derecha, al tiempo que oteo el horizonte, analizando el estado del césped así como calculando el número aproximado de espectadores que hay en los graderíos. Sin más dilación, al tiempo que dan las alineaciones, me elevo hasta la fila 11 donde se encuentra mi “mugrienta butaca”. Saludo a todos mis vecinos de delante y de detrás, estrecho la mano a Jose, Jorge, al Sr. Ruiz y a mi socio Quino –que son los que tengo más próximos–. Alzo el brazo para saludar a mi buen amigo “el maestro” Loren Vergara que se encuentra unos metros a mi izquierda. Suena el controvertido himno del F.C. Cartagena por la “estridente” megafonía y todos a una repetimos... “vamos Cartagena, vamos campeón...” hasta la hora en la que el señor árbitro, con puntualidad inglesa, hace sonar su silbato para dar comienzo, al que a priori, va a ser un apasionante partido, aunque a veces, más que apasionante sea para “cortarse las venas”. Una vez comenzado el encuentro y a los pocos minutos del inicio suena una desagradable voz... “árbitro que no te enteras, que ha sido penalti” aunque el balón esté en el centro del campo –realmente no son esas palabras las que le improperia al colegiado–. Miro para detrás y veo al mismo “cansino” de siempre con los ojos inyectados en sangre, intentando desfogarse de sus frustraciones cotidianas. Junto a él, la antítesis suya, un respetuoso caballero impertérrito con su pinganillo colocado en su oreja derecha –la más próxima al susodicho–, comiéndose una bolsa de pipas Churruca, como si la “fiesta” no fuera con él. Comienzan los primeros aplausos después de una buena jugada, alguno se ilusiona y comenta... “vaya equipazo que llevamos”. Al poco, algún “quemasangres” y algún que otro derrotista expresan su discrepancia con el juego del equipo y comienzan con... “esto es lo de siempre, empezamos muy bien y terminamos pidiendo la hora”. Desde lejos, mi compadre Roque me pregunta... “¿hoy ganamos o no?”, esperando que yo le conteste que sí y mantenerlo tranquilo al menos por un buen rato. En una interrupción del juego, desvío la mirada hacia el repleto palco, y compruebo la ubicación de algunos oportunistas que no van casi nunca al fútbol que además ni les gusta, y que sólo aprovechan para hacerse la foto. Sin embargo, hay otros que sí son buenos aficionados y además ponen buen dinero. Más arriba, una parcela en donde los técnicos, directores deportivos e informadores de otros equipos, callados, toman nota y analizan con detalle. Jugadores y entrenadores sin trabajo –algunos de ellos esperando como buitres a que ruede la cabeza de colegas en activo–, completan la nómina.

Como si de un “martirio chino” que nos castiga a todos se tratase, escuchamos el machacante sonido –por llamarle de una manera amable– del incansable Juanito con su irrompible trompetilla y su indestructible tambor –no será porque no le echan maldiciones–. Me pregunto: ¿cómo puede una persona con tan pocos medios, incordiar y molestar tanto? A los vecinos del córner en donde él se sitúa habría que erigirles un monumento. Pero sin él, las tardes del Cartagonova no serían lo mismo.

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De vez en cuando, y cuando el público está tedioso, se puede escuchar al “follaíca de turno” entre alguna que otra risa decir... “Monteagudo vete ya”, cuando de todos es sabido que el entrenador nacido en Valdeganga lleva desde Julio de 2018 –va para dos años– sin pertenecer al club.

En el descanso del partido no me puedo olvidar de las empanadillas que me regala mi amigo Corví, traídas entre las manos y sin envoltorio, las cuales nos comemos entre mi socio y yo, sabiendo que las voy a “repetir” por mi problema estomacal, lo que me obligará a tomar bicarbonato seguramente hasta el día siguiente –todo depende también del resultado del partido–.

En estas fechas de Cuaresma, recuerdo con nostalgia, cuando los “judíos” –así le llamamos en la trimilenaria a los soldados romanos, sean calis, marras o resucitados–, desfilaban por el césped –por decirle de alguna manera– del añorado Almarjal, amenizando el cuarto de hora que duraba el descanso. Aún me acuerdo de que los viejos del lugar me decían... “no los quiero ni en pintura”, ya que cada vez que venían era presagio de un mal resultado.

Entre una cosa y otra comienza la segunda parte sin cambios en el Cartagena –como siempre–. Si vamos ganando, el semblante de nuestros aficionados demuestra una cara de satisfacción propia del que le ha tocado la lotería y se escuchan palmas y algunos cánticos –no muchos porque aquí somos así–. De lo contrario, el mal humor y la pesadumbre solo se puede contrarrestar cuando el señor que  “está en el plato y en las tajás” con su auricular al oído exclama... “el Murcia va perdiendo”, dato que consuela al respetable y ayuda a pasar el resto del partido con más animo. De nuevo hace acto de presencia el “quemasangres” metiendo “cizaña” diciendo... “este año tampoco vamos a subir, nos va a pasar lo mismo que con el Hércules, Córdoba y el Majadahonda”. Por el contrario, el optimista próximo a mi localidad, hace cuentas de los puntos que llevamos sumando los tres de la hipotética victoria del momento. Y venido arriba pronostica... “con estos tres puntos, con los tres de la semana que viene y volviendo a ganar en casa nos destacamos de los demás equipos”. Algunos aficionados cartageneristas son capaces de vaticinar el ascenso en la primera jornada de liga si el equipo gana, como de decir en caso de derrota... “otra temporada que no subimos, el año que viene que no me esperen”.

Y qué me dicen del “tío del puro”, dos tiempos de cuarenta y cinco minutos, más quince del descanso suman ciento cinco de aguantar el humo con su fortísimo olor que penetra hasta los huesos. No hay narices a que se le apague, aunque le rece tres rosarios a la Virgen o eleve mis plegarias al mismísimo Señor.

Cuando se acerca el final del partido, sobre todo si el resultado es incierto, algunos impacientes como el impetuoso “Ricardo”, se levanta de su asiento y sale despavorido hacia el vomitorio colocándose de pie, maldiciendo a la mala suerte y acordándose de los antepasados de alguno que no quiero nombrar.

Pero no, yo me quedo con el recuerdo de los días de victoria, donde el regreso a casa se alarga más de la cuenta al compartir corrillos con los satisfechos aficionados ensalzando las virtudes de los jugadores blanquinegros, llegándose a escuchar a algún pletórico triunfalista decir... “con este equipo haríamos un buen papel en segunda división”.

Y ya para concluir mi “procesión” con lo anteriormente citado, con todas nuestras miserias y bondades, con fortuna o sin ella, con nuestras desgracias, éxitos o derrotas es nuestro equipo del alma.

Ahora, en estos momentos de desesperanza por la situación tan dramática que estamos viviendo, recuerdo con verdadera nostalgia esos momentos vividos, que no valoré en su justa medida.

Por todo ello, pido al Cielo que regresen, con victoria o con derrota, pero que vuelvan.